Corría el año 1628 y Gustavo II Adolfo, rey de Suecia, quería impresionar a Europa.
No un poco. Mucho.
Así que mandó construir el buque de guerra más formidable de su tiempo, el Vasa.
Un monstruo de madera cargado con 64 cañones de bronce distribuidos en dos cubiertas.

El problema es que los egos reales suelen llevarse mal con las leyes de la física.
El barco era demasiado alto para lo estrecho que era.
Y para peor, buena parte de su enorme peso estaba concentrado arriba.
En términos técnicos, el centro de gravedad estaba donde no debía.
Antes del viaje inaugural hicieron una prueba de estabilidad bastante rudimentaria.
Treinta marineros debían correr de un lado al otro de la cubierta para comprobar cuánto se balanceaba el barco.
No llegaron muy lejos. A la tercera carrera tuvieron que parar.
El Vasa se inclinó tanto que parecía dispuesto a hundirse ahí mismo, amarrado al puerto.
El almirante Klas Fleming estaba presente y lo vio.
Sabía que el barco era inestable.
Sabía también que estaba a punto de zarpar frente a una multitud, cargado de tripulantes y autoridades.
Y no hizo nada.
Porque una cosa es detectar un problema.
Otra bastante distinta es tener huevos para decirle al rey que su orgullo de madera y bronce estaba mal diseñado.
El Vasa zarpó el 10 de agosto de 1628.
Recorrió unos 1.300 metros.
Entonces sopló una brisa.
No una tormenta. Ni un temporal.
Ni una de esas olas que sirven para justificar un naufragio.
Una brisa.
El barco se inclinó, el agua empezó a entrar por las troneras abiertas de los cañones inferiores y pocos minutos después, el orgullo de la marina sueca estaba en el fondo del mar.
Decenas de personas murieron delante de miles de espectadores que habían ido al gran estreno.
¿Qué es lo interesante de esta historia?
El Vasa no se hundió porque nadie vio venir el problema.
Se hundió porque lo vieron venir y siguieron adelante igual.
En los consorcios pasa algo parecido.
Hay momentos en los que el trabajo del administrador no consiste en decir lo que el propietario quiere escuchar.
Consiste en animarse a decir una verdad incómoda.
Eso puede generar resistencia, discusión o enojos.
Pero callarse para evitar el conflicto no elimina el problema.
Sólo lo patea hacia adelante.
Klas Fleming vio que el Vasa no estaba en condiciones de zarpar y prefirió no enfrentarse al rey.
Un buen administrador tiene que hacer lo contrario.
Ver el problema, decirlo y hacerse cargo de sostener esa posición, aunque resulte incómoda.
Porque muchas veces el verdadero riesgo no está en equivocarse.
Está en darse cuenta de que algo está mal y seguir adelante igual.
Amigo administrador, sé honesto con vos mismo.
Porque lo demás es comprar tickets para un naufragio.
*** Se puede visitar el Museo del Vasa en Estocolmo.
⭐ Mariano Zvaigznins es Perito Mercantil egresado de la ESCCP-UBA. Consultor especializado en Propiedad Horizontal. Administrador de consorcios matriculado en CABA. Editor del sitio ConsorciosPH. Titular de Administración RIGA.




